LA HUIDA SUBTERRÁNEA
David Luthy
En la siguiente historia verás un buen ejemplo de cómo los cristianos han tenido que sufrir por su fe. Mientras la lees, trata de imaginarte viviendo en Moravia en el año 1544.
I. Llega un mensaje
—Hans, guarda la cesta, por favor, y ven a desayunar. Podrás alimentar las gallinas después.
El muchacho pronto obedeció a su madre. Metió la cesta debajo de una caja junto a la puerta y se apresuró a entrar en la casa. El resto de la familia Wiedemann ya se encontraba sentado alrededor de la mesa. Hans se abrió lugar entre sus hermanos menores y se sentó en la banca. La conversación se detuvo y el señor Wiedemann dirigió la oración, dando las gracias por los alimentos:
“Padre celestial, te pedimos que bendigas esta comida. Te agradecemos por ella y oramos que nos ayudes a usar la fuerza que recibimos de ella como debemos.
También te damos las gracias por las muchas otras bendiciones que tú nos das, especialmente por la libertad que tenemos aquí en Moravia para vivir la vida cristiana.
En el nombre de Jesús oramos. Amén.”
El silencio fue interrumpido por la voz suave de la señora Wiedemann:
—Pasa los huevos, Berta. La hija mayor sacó un huevo duro del tazón de madera y pasó el tazón a sus hermanos. Cuando llegó su turno, Hans cogió un huevo y lo
sostuvo en las manos. El calor del huevo le producía una sensación agradable. Hans lo golpeó contra la mesa y empezó a quitar la cáscara.
Mientras se ocupaba en pelar el huevo, los recuerdos se agolparon en la mente. años le penetraban la mente. En ese entonces, tenía ocho años. Su familia había vivido en Suiza. Un día, a la hora del desayuno, les llegó el mensaje de que vendrían soldados a arrestarlos por ser creyentes anabaptistas.
“Tenemos que huir,” había dicho su papá con un tono de urgencia. “No hay tiempo que perder.”
Llevaron unas sábanas en que envolvieron algunos artículos y envolvieron a los niños en ropas gruesas. La gran travesía había iniciado.
“¿A dónde vamos?” Hans recordó haberle preguntado a su papá.
“A un nuevo hogar en Moravia, hijo mío, donde podremos servir a Dios como nos enseña la Biblia.
Suiza ya no nos tolerará más. Moravia le ha ofrecido a nuestra gente la libertad de practicar la fe cristiana. Date prisa, hijo, debemos salir.”
Ahora, la familia Wiedemann tenía cinco años de haber vivido en Moravia. Tres hijos habían nacido en su nuevo hogar. A menudo el dinero escaseaba, pero aquí había paz y había libertad para practicar sus creencias religiosas.
—Hans —se escuchó la reprensión tierna de su madre—, cómete el huevo antes que se enfríe. —La madre observó a su hijo que tenía los ojos fijos en el huevo, absorto en sus pensamientos—. ¿No tienes hambre? ¿Estás enfermo?
—No estoy enfermo —contestó
Hans—, sólo estoy pensando.
—¿Pensando en qué? —preguntó su hermana Ema con una sonrisita de burla—. ¿Pensando en que ayer no te portaste bien en el culto?
—Yo no estaba haciendo nada
—repuso Hans bruscamente.
—Claro que sí —agregó el pequeño Jacob.
—Que no hice nada —insistió Hans.
—Niños, no discutan —interrumpió el señor Wiedemann con una voz sonora.
Una vez más, los niños volvieron a ocuparse de la comida. Pero, no había transcurrido mucho tiempo cuando el papá le preguntó a Hans:
—¿En qué estabas pensando, hijo?
Hans se movió un poco y dijo:
—Yo solamente estaba recordando el día hace cinco años cuando tuvimos que salir de Suiza.
—Debieras olvidar esos pensamientos
—le sugirió su madre—.
Ahora estamos seguros en Moravia. Aquí nadie nos hará daño.
La cara del señor Wiedemann acusó preocupación.
—María —le dijo a su esposa—, no debes decirle al muchacho que olvide ese día. Olvidarlo sería olvidarse de Dios. Pues fue Dios el que nos trajo con bien hasta aquí. —El señor Wiedemann hizo una pausa e inclinó su rostro como si estuviera orando—. Además, nunca sabemos cuándo pueda llegar la persecución aquí en Moravia. Nadie sabe lo que nos espera en el futuro. Debemos confiar en Dios.
Estas palabras resultaron muy ciertas. Pasados apenas dos años, en 1544, un caballo a todo galope y bañado en sudor llegó a la aldea donde vivían los Wiedemannes y otras siete familias anabaptistas. El jinete estaba tan agotado por su viaje que casi no podía hablar. La gente se reunió a su alrededor, ansiosa por escuchar las noticias que traía.
—Los soldados del príncipe atacaron a los hermanos de Vorgen
—alcanzó a decir finalmente—. Quemaron dos establos y robaron gran parte del ganado.
—¿Mataron o hirieron a alguno?
—preguntó Amon Wiede mann, el padre de Hans.
—No —contestó el jinete, endere zándose en su caballo—.
Toda la gente escapó al bosque. Una ola de preocupación se apoderó de los que se habían reunido. Muchos meneaban la cabeza desconcertada. Así que la persecución al fin había llegado a Moravia. ¿Cuándo arremeterían los soldados contra su aldea?
El hermano Amon meneó la cabeza y añadió:
—Ahora sabemos que los rumores que escuchamos el mes pasado son ciertos. El príncipe quiere las riquezas de nuestras aldeas por pocas que sean.
—¿Tendremos que huir otra vez? —preguntó una anciana con lágrimas en los ojos—. Yo he orado que pueda morir aquí en paz.
—Sí —respondió con seriedad Jacob Walter, el obispo—, parece que debemos hacer lo que nos vimos obligados a hacer en Suiza… huir.—
¿Cuándo podríamos ser atacados? —le preguntó un hombre al jinete.
—Antes del fin del mes, pero difícilmente antes de eso.
—Apenas tendríamos tres semanas —dijo el hermano Jacob.
Abram Shoope, el diácono, se adelantó. —¿Por qué tenemos que huir?
—preguntó—. ¿Por qué no pensamos en algo para quedarnos aquí?
—¿Cómo? —preguntó Simon Gross, el herrero de la aldea—.
¿Quieres que peleemos contra los soldados?
—Por supuesto que no —dijo el hermano Abram con firmeza—.
Eso sería contrario a la Palabra de Dios.
—Y la Biblia —interrumpió el hermano Amon—, nos muestra lo que hacían los cristianos en vez de pelear. Ellos huían.
—Pero, ¿a dónde huían? —preguntó el hermano Abram en un tono que mostraba que estaba por revelarles un secreto.
El joven Hans quedó escuchando a los mayores hablar. Se preguntaba a dónde podrían huir esta vez.
Deseaba no tener que dejar este lugar que tanto amaba. El bosque cercano era su sitio favorito para ir de cacería, y en el arroyo junto a la pradera había muy buena pesca.
¿Por qué tendrían que huir? De repente, Hans escuchó que el hermano Abram seguía con su idea de no tener que huir. Se volvió hacia el diácono para saber qué más diría.
—Y los cristianos en Roma vivían bajo tierra en el tiempo de la persecución. ¿Por qué no podemos hacer lo mismo nosotros?
—Las catacumbas —dijo el hermano Jacob Walter asintiendo con la cabeza—. Sí, los cristianos ivieron en esos túneles por muchos años.
—Y nosotros ya tenemos túneles —continuó el hermano Abram con entusiasmo—; los túneles para almacenar las verduras. Lo único que tendríamos que hacer sería ampliarlos y excavar más profundo.
Los siguientes dos días estuvieron llenos de muchas conversaciones cargadas de preocupación.
Finalmente, los hombres acordaron seguir el plan de Abram. Excavarían una red de túneles para esconderse cuando vinieran los soldados. Una puerta secreta en el piso del establo de los Wiedemannes sería la entrada a los túneles.
Así es que el trabajo empezó. Hombres, mujeres, y niños se unieron en el proyecto. Los túneles se hicieron con la altura suficiente para que un adulto pudiera correr en una posición agachada. Ramificaron los túneles en muchas direcciones, haciéndolos serpentear sin rumbo alguno. Estos desvíos se hicieron para confundir a cualquiera que descubriera el escondite de los anabaptistas. Sólo
al final de un túnel había una sala grande. Y solamente los anabaptistas conocían la ruta que conducía hasta esa cámara secreta.
Los días pasaron. Hans ayudó a acarrear tierra de los túneles. La tierra se esparció sobre los campos cercanos. Pronto los túneles estuvieron terminados.
Terminaron la excavación apenas a tiempo, pues una mañana de octubre llegó a la aldea anabaptista el mensaje de que los soldados se acercaban.
Las puertas se abrieron de golpe, los niños hicieron a un lado sus tareas, y los hombres venían de prisa desde los campos. Una fila continua de personas se dirigía hacia el establo de los Wiedemann, que estaba junto a la casa. Con agilidad, la fila de personas desaparecía por la puerta secreta en el piso del establo. El último hombre cerró la puerta y corrió el cerrojo. El grupo avanzó por un pasillo tras otro en su huida subterránea. Por fin alcanzaron la cámara provisiones que habían almacenado para una emergencia como ésta.
—¿Cuánto tiempo tendremos que quedarnos aquí? —le preguntó Hans a su madre.
—Tal vez tres días, tal vez más —le contestó—. Pero ¡ssst!, el hermano Jacob está hablando.
Hans se volvió hacia el obispo anciano que decía:
—Tengamos una pequeña lectura de la Biblia y arrodillé monos para orar. No debemos olvidar que Dios está muy cerca de nosotros en este momento. —Luego se volvió
hacia Abram, el diácono—.
¿Tienes ahí la Biblia? —dijo al momento que extendía la mano. Una mirada de desconcierto se dibujó en el rostro del hermano Abram.
—Yo... yo... —empezó a decir—, en mi apuro por escapar se me olvidó traerla.
Un murmullo de lamentos corrió por entre el grupo. La única Biblia en la aldea había sido olvidada.
Todavía estaba en la casa de Abram Shoope, el diácono. ¿Qué tal si los soldados la hallaran y la destruyesen?
El joven Hans se sentía tan mal como los demás. No quería ni pensar en que no podría escuchar más historias de la Biblia, historias de David, Jonás, Noé, y sobretodo, de
Jesús.
—Bueno —dijo el hermano Jacob Walter una vez que el grupo hubo superado su desconcierto—, no hay nada que podamos hacer sino orar. Si Dios puede protegernos aquí, también puede encargarse de proteger la Biblia.
El anciano y los demás se arrodillaron. Mientras el obispo oraba, pensamientos repentinos cruzaron por la mente de Hans.
“¿Por qué no podría yo escabullirme hasta la casa de Abram y traer la Biblia? Los soldado nunca me agarrarán,” se dijo Hans a sí mismo. “Yo soy ágil para correr. Además, cuando jugamos al escondite, siempre soy el último en ser hallado.”
Silenciosamente, mientras todos oraban con sus rostros inclinados, Hans salió de la cámara. Apenas se había alejado una corta distancia cuando echó a correr por los túneles.
Hans conocía bien el camino hacia la salida. Había caminado esa ruta muchas veces cuando estaban excavando los túneles. Respirando agitadamente, Hans subió por la escalera que conducía a la puerta de salida. Con cautela, deslizó el cerrojo y levantó la puerta apenas lo suficiente para echar un vistazo afuera.
No se veía a nadie por ningún lado, entonces Hans salió atrevidamente. Silenciosamente cruzó el establo caminando de puntillas.
Luego se subió encima de un barril y miró por un agujero en la pared.
Su corazón se aceleró. ¡Efectivamente, allí estaban los soldados!
Estaban frente a la casa de Simon Gross. Un poco más allá vio que otro pequeño grupo se acercaba por la calle.
Bajándose del barril, Hans caminó hasta el otro lado del establo y se fijó por la calle en la otra dirección. No veía ningún soldado. —Ah —susurró—, los soldados están saqueando primero las casas al lado este. La casa de Abram está al oeste de nuestro establo. Puedo ir y venir y los soldados todavía no estarán ni siquiera cerca de aquí. Rápidamente se escurrió por la puerta del establo y corrió hacia el oeste, agachándose y escondiéndose detrás de los árboles por si hubiera algún soldado vigilando. Pero no vio a nadie.
Una vez dentro de la casa de Abram, Hans suspiró aliviado. Se dirigió al estante junto a la chimenea, pero la Biblia no estaba allí.
“¿Dónde podría estar? ¿Habrán llegado ya los soldados y se la habrán llevado?” Hans se estremeció al pensar en esto.
—¡Ah, ahí está! —exclamó el muchacho casi en voz alta. El libro grande estaba sobre una silla junto a un par de lentes.
“Parece que el hermano Abram la estaba leyendo cuando llegó el aviso,” pensó Hans. Tomó la
Biblia en sus manos y la observó con admiración. “¿No estarán felices los demás cuando tengan la Biblia con ellos de nuevo?”
Hans ya estaba por salir cuando de repente oyó un ruido. Parecía como voces. Sí, eran voces. El muchacho temblaba de miedo.
“¿Dónde podría esconderse?” Sin esperar un minuto más, Hans saltó dentro de un cajón medio lleno de leña que estaba junto a la chimenea. Rápidamente se abrió espacio entre la leña, se acomodó de cuclillas, y cerró la tapa del cajón.
Apenas se había acomodado cuando una bota pesada golpeó la puerta del frente. Hans no podía ver a nadie pero podía oír los pasos pesados sobre el piso de madera.
También se oían voces bruscas. Los sonidos se estaban acercando. “¿Me encontrarían?” Hans trataba de no temblar para que la leña no se moviera.
“Ojalá,” pensó Hans. “Sí, ojalá que los soldados no oigan los latidos de mi corazón”.
Por diez minutos, los que a Hans le parecieron como todo un medio día, los soldados registraban la casa. De vez en cuando Hans oía que algo caía al piso y se quebraba. Pero al fin los ruidos cesaron. Los soldados salieron, y no hallaron a Hans. Sin embargo, transcurrió bastante tiempo hasta que Hans logró reunir suficiente valor para salir de su escondite.
Una vez fuera de la casa, ya no corría libremente. Apretando bien la Biblia contra su cuerpo, avanzó como una serpiente por entre la hierba alta. Con cautela avanzó de regreso al establo, temiendo todo el tiempo que los soldados hubieran descubierto la puerta abierta en el piso. Se armó de valor y echó un vistazo al establo. No había nadie. Como un ratón escabulléndose hacia su escondite, Hans corrió por el piso, entró por la puerta, y desapareció.
—¡Vaya! —exclamó al tiempo que corría el cerrojo—. Casi, casi.
Los Wiedemann y las otras familias se regocijaron enormemente cuando Hans entró en la cámara.
—¿Dónde estabas? —preguntó su madre entre sollozos y al mismo tiempo que lo abrazaba—.
Te hemos buscado por todos los túneles.
Ahora Hans se sintió mal. No había pensado en cómo se sentirían sus padres cuando no lo encontraran después de la oración.
—Me devolví a traer la Biblia —dijo humildemente levantando el libro para que todos lo vieran.
—Oh, Hans —repuso el hermano Abram—, no debiste arriesgar tu vida ni las nuestras.
¿Qué tal si los soldados te hubieran capturado y obligado a dirigirlos hasta nuestro escondite?
Pero el obispo puso su mano sobre el hombro del muchacho para alentarlo.
—Tu intención fue buena, Hans, y el Señor estuvo contigo. Todos nosotros estamos agradecidos por la Biblia.
El grupo permaneció bajo tierra durante dos días más. En la mañana del tercer día, el hermano Amon Wiedemann sugirió:
—¿Por qué no enviamos a un hombre para ver si ya se han ido todos los soldados. Ya deben de haberse marchado.
—¿Quién irá? —preguntó el hermano Jacob Walter.
Varios alzaron la mano. Simon Gross, el herrero, fue escogido.
Sólo estuvo afuera por una hora cuando regresó a contar lo que había visto. Sólo uno de los establos había sido quemado, pero la mayoría de las vacas habían sido robadas. Y unas pocas casas habían sido gravemente saqueadas.
—¡Buscaban oro! —exclamó una mujer—. Los soldados creen que tenemos montones de oro y plata, solamente porque trabajamos arduamente y no gastamos el dinero en vinos y sedas.
Agradecidos, los anabaptistas regresaron a sus hogares. Aquella noche se reunieron en la casa del hermano Jacob Walter para cantar himnos de alabanza. Estaban llenos de gratitud en su corazón porque su escondite había resultado exitoso. Durante los siguientes años, ocasionalmente las familias tuvieron que refugiarse en los túneles, o
“lochies”, como les decían en su propia lengua. Cada vez, los soldados destruyeron más y más de sus hogares y establos. Finalmente los hermanos decidieron salir de Moravia. Muchos de ellos se mudaron a Hungría, un país vecino, y más tarde a otros países.
Hoy, los descendientes de los anabaptistas de Moravia viven en las planicies del Canadá y de los Estados Unidos, donde son conocidos como huteranos. Los túneles en los que sus antepasados se escondieron todavía se pueden ver en lo que era el estado de Checoslovaquia. Los lochies permanecen como un monumento a los sufrimientos de los anabaptistas y como un cumplimiento de las palabras de Hebreos 11:38 sobre los cristianos perseguidos: “...errando por los desiertos, por los montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierra”.
De: Step by Step
Por: David Luthy
Usado con permiso de:
Pathway Publishers
Publicado en Revista “La Antorcha de la verdad”, Edición Julio-agosto , Septiembre octubre 2002 Paginas 1-y 11(libro2 página9). Volumen 16. Usado con los permisos correspondientes