DIOS GUARDA SUS PACTOS
Simon Schrock
Hace algunos años en 1972, estábamos construyendo un anexo a nuestra casa y necesitábamos un fontanero. Así es que contactamos a un buen hombre llamado Jesse. El fontanero Jesse llegó, hizo un estudio del trabajo, y nos dio un presupuesto. Nos gustó la oferta y cerramos el trato.
Pero con el paso del tiempo se presentó un pequeño problema. Jesse no volvió. Lo llamábamos y él se comprometía de nuevo. Pero así siguió llamada tras llamada, día tras día, semana tras semana. “Si no llego hoy voy a llegar mañana,” nos decía vez tras vez por teléfono. La última promesa que recibimos de Jesse fue que en ese momento se encontraba cargando su camión para venir. De eso hace 17 años. Jesse nunca llegó, y por fin decidimos hacer el trabajo nosotros mismos. ¿Te puedes imaginar cómo estará de lleno el camión de Jesse si todavía estuviera cargándolo para venir? Esta historia es un tanto cómica, pero también es repugnante. La frustración y el disgusto se deben a una promesa incumplidora.
Mientras estoy aquí sentado escribiendo, dentro de mí surge una extraña mezcla de emociones. Por un lado, me siento ofendido, desilusionado, y disgustado. Por otro lado, mi corazón se llena de compasión, amor, y perdón. ¿Por qué la frustración?
Hace algunos años presencié el matrimonio de un joven y su novia que se comprometieron el uno al otro por el resto de su vida. Ambos se comprometieron ante Dios a ser leales el uno al otro en salud o en enfermedad hasta que la muerte
los separe. Cuando hicieron esos votos, yo estaba entre los muchos invitados que eran testigos de lo que se llevaba a cabo. Estoy hablando de una boda en una
iglesia cristiana, y ambos se criaron en hogares cristianos. Ahora ella está luchando con cáncer. Pasa los días en una cama solitaria del hospital, lejos de su
familia y amigos, con la esperanza de recuperarse con las cirugías mayores. ¿Dónde está el hombre que le prometió a Dios que estaría con ella en la enfermedad? ¿Está junto a su cama tomándola de la mano, asegurándole que la ama? ¡NO! El voto hecho ante Dios ha sido quebrantado. Ella ha sido abandonada y sufre sola. Mientras tanto, él se encuentra a cientos de kilómetros de allí, viviendo con otra mujer bajo otro “compromiso”.
¡Un voto ha sido quebrantado! ¿Cómo ve Dios tal comportamiento?
Supongamos que tú te encuentras conduciendo tu coche en medio de la corriente de tráfico en una carretera. Todos viajan más rápido que el límite de velocidad.
Pareciera que no hay por qué no hacerlo también. Entonces, de repente, aparece un oficial de tránsito. ¡Te agarraron! ¿Eres culpable o solamente te encontrabas conduciendo a la misma velocidad que los demás? ¡Lo que estaban haciendo los demás no es lo que importa! La pregunta es: ¿Infringiste tú la ley? ¿Eres tú culpable?
La corriente de nuestra cultura es de no cumplir los votos. Votos que fueron hechos a Dios y a otros. El fontanero no cumple con su palabra. El dueño de la casa no le paga al carpintero que le hizo las reparaciones. Papá nunca compró
la bicicleta que le había prometido a su hijo. Tú nunca reparaste la ventana como le prometiste a tu esposa. Mamá y Papá nunca vivieron según todas las normas de conducta de la congregación como le habían prometido a Dios. El nieto rompe los votos matrimoniales que hizo ante Dios.
Nuestros votos y nuestras promesas verbales no tienen valor. Esta corriente de no cumplir los votos proviene de nuestra cultura impía y mundana, y nos presiona constantemente a unirnos a ella. Pero, ¿debemos acaso los discípulos de Jesús unirnos a la corriente de nuestra cultura? ¿No debemos seguir un camino diferente? ¿Debemos acaso dejarnos arrastrar por las multitudes en el camino
ancho “que lleva a la perdición”? ¿No nos llama Jesús a pararnos firmes y ser contados entre los pocos que van por el camino angosto “que lleva a la vida”?
DIOS GUARDA SUS PACTOS
La congregación abrió sus himnarios y con fervor cantó “Ancla tenemos que nos dará, firme apoyo en la tempestad”. La congregación cantaba con la seguridad
que Jesucristo da a todos los que le obedecen. En otra congregación los creyentes cantaban juntos “Cristo acoge al pecador”. Los creyentes en estas congregaciones podían cantar esas palabras con un corazón gozoso, porque estos himnos llevan un mensaje de esperanza, el cual ellos mismos habían experimentado. Mucha gente en todo el mundo canta acerca de Jesús, porque él les da esperanza, seguridad, y dirección a sus vidas. Dentro de sí tienen la seguridad de gozo y paz, resultado de su relación con Jesucristo.
¿Por qué es que la iglesia alrededor del mundo puede cantar de su gozo y confianza? ¡Porque Dios cumple sus promesas con la humanidad! Dios es un cumplidor de sus promesas. Él guarda su pacto con el hombre. Y por eso tenemos esperanza.
Por todo el mundo y aun dentro de la iglesia hay muchas personas heridas que han perdido la esperanza. Su seguridad se ha desvanecido. Su dirección para el futuro es un triste vacío, y no tienen ninguna garantía del mañana que los anime a perseverar. ¿Por qué? Por causa de votos y promesas rotas. Dios creó al ser humano para que tuviera comunión con él. Dios hizo al hombre para sí mismo; y para el hombre, hizo una ayuda idónea. Ah... y recuerde, ¡todo era bueno en gran manera! Dios estaba complacido. Delante de él estaban el hombre y la mujer, creados para amarlo y glorificarlo. Poco tiempo después de que Dios creó a Adán y Eva, ellos le desobedecieron. El fruto prohibido les pareció codiciable y
bueno a la vista. La mujer lo probó y era sabroso. Entonces le pasó una porción a su esposo, y él también comió del fruto prohibido. Ese fue un acto deliberado
de desobediencia a Dios, y de obediencia a Satanás. Por este hecho sus estiduras gloriosas se desvanecieron. Se encontraron avergonzados, sin esperanza, y desnudos delante de Dios. Ahora eran culpables y la sentencia de muerte estaba sobre ellos. La sentencia de muerte ha pasado a toda la humanidad hasta el día de hoy. La Biblia lo dice de esta manera: “...todos pecaron, y
están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23).
Dios respondió a Satanás con justicia y le advirtió que vendría uno que “te herirá en la cabeza” (Génesis 3:15). Esta es una promesa de esperanza para toda persona, que Dios, en misericordia, compasión y amor, enviaría a alguien para libertarnos de la maldición del pecado. ¡Dios prometió un Redentor! Nuestra
esperanza dependía de que Dios cumpliera su promesa.
LA PROMESA HECHA A NOÉ
La descendencia de Adán continuó en su pecado. “Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal. Y se arrepintió Jehová de haber hecho hombre en la tierra, y le dolió en su corazón” (Génesis 6:5-6).
La misma naturaleza de Dios le obligó a responder haciendo justicia contra semejante maldad.
“Y dijo Jehová: Raeré de sobre la faz de la tierra a los hombres que he creado...” (Génesis 6:7).
Si Dios hubiera destruido al hombre, ¿qué habría pasado con su promesa? ¡Pero Dios honró su promesa en Noé! Las Escrituras dicen, hablando de Noé: “Pero
Noé halló gracia ante los ojos de Jehová” (Génesis 6:8). Dios le dijo: “...estableceré mi pacto contigo”. Dios le hizo una promesa a Noé. Noé fue obediente a los mandatos de Dios. Dios cumplió su promesa, y “quedó solamente Noé, y los que con él estaban en el arca” (Génesis 7:23).
Después que las aguas se habían retirado y Noé estaba otra vez en tierra firme, Dios le dijo:
“He aquí yo establezco mi pacto con vosotros y con vuestros descendientes después de vosotros” (Génesis 9:9). Dios le dio a Noé un arco iris como señal del pacto que había hecho. Dios guardó su promesa. Hasta el día de hoy el arco iris nos recuerda que Dios guarda sus pactos.
LA PROMESA HECHA A ABRAM.
Noé murió, pero la promesa de Dios hecha a él y a sus descendientes continuó. Mas tarde, Dios escogió a un hombre llamado Abram con quien estableció sun pacto.
“Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré.
Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré: y serán benditas en ti todas las familias de la tierra” (Génesis
12:1-3). Dios había prometido un bello regalo a la humanidad. Ahora halló a un hombre que llevaría el pacto de la promesa por sus generaciones. Continúe leyendo y conozca la belleza de esta promesa hecha por Dios.
“Era Abram de edad de noventa y nueve años, cuando le apareció Jehová y le dijo: Yo soy el Dios Todopoderoso; anda delante de mí y sé perfecto. Y
pondré mi pacto entre mí y ti, y te multiplicaré en gran manera. Entonces Abram se postró sobre su rostro, y Dios habló con él, diciendo: He aquí mi pacto es contigo, y serás padre de muchedumbre de gentes. Y no se llamará
más tu nombre Abram, sino que será tu nombre Abraham.... Y estableceré mi pacto entre mí y ti, y tu descendencia después de ti en sus generaciones, por pacto perpetuo...” (ver Génesis 17:1-7).
“Respondió Dios: Ciertamente Sara tu mujer te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Isaac; y confirmaré mi pacto con él como pacto perpetuo para sus descendientes después de él” (Génesis 17:19).
Este pacto era de parte de Dios. Fue transmitido de generación en generación, de Abraham, a Isaac, a Jacob; y después a lo largo de la historia. A pesar de que el tiempo continuó año tras año, Dios no se olvidó de su pacto con Abraham y todos los que seguieron después de él. Los hijos de Israel estaban en esclavitud severa bajo el rey de Egipto, y “gemían a causa de la servidumbre, y clamaron; y subió a Dios el clamor de ellos con motivo de su servidumbre. Y oyó Dios el gemido de ellos, y se acordó de su pacto con Abraham, Isaac y Jacob. Y miró Dios a los hijos de Israel, y los reconoció Dios” (Éxodo 2:23-24).
“También establecí mi pacto con ellos, de darles la tierra de Canaán... asimismo yo he oído el gemido de los hijos de Israel, a quienes hacen servir los egipcios, y me he acordado de mi pacto” (Éxodo 6:4-5).
Dios aun le recordaba a su pueblo: “No invalidaré jamás mi pacto con nosotros” (Jueces 2:1).
Dios guarda su pacto. ¡Él no rompió su promesa con los israelitas!
El salmista destaca la fidelidad de Dios en cumplir sus compromisos:
“Se acordó para siempre de su pacto; de la palabra que mandó para mil generaciones” (Salmo 105:8).
“Ha dado alimento a los que le temen; para siempre se acordará de su pacto. Redención ha enviado a su pueblo; para siempre ha ordenado su pacto; santo y temible es su nombre” (Salmo 111:5, 9).
El escritor de los Salmos tenía la completa confianza de que Dios cumpliría su compromiso. Supongamos que Dios hubiera dicho: “Jacob, ya no puedo tolerar más tu falta de amor hacia mí. De verdad, ya no soporto más tu indiferencia y aspereza hacia mí.
Ya no aguanto como tú te alejas de mí y te asocias con otros. Ustedes, hijos de Israel, ¡ya basta! Ustedes han quebrantado su compromiso vez tras vez. ¡Ya me cansé de ustedes!”
Dios hubiera tenido toda la razón de romper su compromiso con nosotros los humanos pecaminosos. ¡Pero no lo hizo! Él nos amó con un amor eterno.
Cuando miramos hacia atrás a través de la historia, notamos que los siervos y profetas de Dios le rogaban a Israel que no se alejara del pacto con Dios. Esdras el sacerdote, Nehemías, Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel, Oseas, Zacarías, y Malaquías están entre los que le rogaron a Israel:
“Regresen... guarden el pacto, Dios cumplirá... el Redentor vendrá”.
De hecho, Dios fue fiel a su promesa. Él cumplió su compromiso con nosotros al enviarnos al Redentor a morir por nuestros pecados. ¡Él envió a Jesús! ¡Os ha
nacido un Salvador! Dios envió a Jesucristo a vivir entre nosotros suficiente tiempo como para mostrarnos por medio de sus enseñanzas y milagros que él era
en verdad el Mesías prometido. Después que Jesucristo sufrió y pagó por nuestros pecados...
Después que bajaron su cuerpo de la cruz y lo sepultaron... Después que resucitó de la muerte...
Después que ascendió al cielo... Después que su Espíritu descendió sobre sus discípulos... Después de todo eso, uno de ellos llamado Pedro, con poder les recordaba a sus oyentes: ¡Mire Israel, el pacto todavía está vigente! ¡Se está cumpliendo! ¡Es para ustedes!
“Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio, y él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado; ... de que habló Dios
por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo. Porque Moisés dijo a los padres: El Señor vuestro Dios os levantará profeta de entre vuestros hermanos, como a mí; a él oiréis en todas las cosas que os hable; y toda alma que no oiga a aquel profeta, será desarraigada del pueblo. Y todos los profetas desde Samuel en adelante, cuantos han hablado, también han anunciado estos días.
Vosotros sois los hijos de los profetas, y del pacto que Dios hizo con nuestros padres, diciendo a Abraham: En tu simiente serán benditas todas las familias de la tierra. A vosotros primeramente, Dios, habiendo levantado a su Hijo, lo envió para que os bendijese, a fin de que cada uno se convierta de su maldad” (Hechos 3:19-26).
¡Escucha! Lo mejor todavía es que este cumplimiento del pacto es para todos. ¡Es para ti también!
“Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero), para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu. Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente
linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa” (Gálatas 3:13-14, 26, 29).
Dios ha sido fiel en guardar su promesa. Gracias a esa fidelidad, “todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Romanos 10:13).
Dios no sólo cumplió su compromiso con Israel al darles la tierra que fluye leche y miel, sino que nos dio a todos nosotros un mejor pacto. El escritor de Hebreos nos cuenta de él.
“Pero ahora tanto mejor ministerio es el suyo, cuanto es mediador de un mejor pacto, establecido sobre mejores promesas” (Hebreos 8:6).
“Así que, por eso es mediador de un nuevo pacto, para que interviniendo muerte para la remisión de las transgresiones que había bajo el primer pacto, los llamados reciban la promesa de la herencia eterna” (Hebreos 9:15).
Puesto que Dios nos ha dado un mejor pacto, tenemos comunión con Dios la cual nos hace aptos en toda buena obra para que hagamos su voluntad.
“Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno, os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén” (Hebreos 13:20-21).
La promesa que Dios hizo en Génesis 3:15 es para todos. ¡Dios la cumplió! Gracias a que la cumplió, nosotros tenemos esperanza. La promesa cumplida que
ahora tenemos en Jesucristo no deja a los creyentes a ciegas, atemorizados, y sin esperanza esperando el juicio de Dios. Nota las palabras al cierre del Antiguo Pacto: “...no sea que yo venga y hiera la tierra con maldición” (Malaquías 4:6).
Ahora prestemos atención a las palabras al cierre del Nuevo Pacto:
“La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con todos vosotros. Amén” (Apocalipsis 22:21).
Esas últimas palabras del Nuevo Pacto muestran la diferencia que hace para el
creyente si Dios cumple su promesa o no. En lugar de juicio sobre nosotros, tenemos la gracia de Dios. El fontanero prometió, pero no cumplió. Los hombres hacen votos con otros, y después violan sus promesas. Esas promesas incumplidas dejan a otros heridos, ofendidos, y en amargura. ¿Qué tal si Dios todavía “estuviera cargando su camión”, o qué tal si de una manera indiferente se hubiera retraído de su promesa con nosotros? Gracias a la fidelidad sin igual de Dios, nosotros podemos depender confiadamente de su gracia en la vida o en la muerte.
Puesto que Dios guarda sus pactos, ¿crees tú que él no espera lo mismo de los creyentes que él ha comprado con su sangre?
Publicado en Revista “La Antorcha de la verdad”, Edición Marzo Abril 2002, Volumen 16, página 8-9. Usado con los permisos correspondientes.
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