EL PELIGRO DE LA DEMORA
Daniel Glick
Mientras caminaba por la angosta y empedrada cera, un enorme pesar me abrumaba. En la casa de la que acababa de salir, vivía una mujer de edad madura con sus dos hijos adolescentes. Hoy, al igual que en muchas ocasiones anteriores, me había sentado a la mesa de su Cocina rogándole que se reconciliara con el Dios que ella había Abandonado muchos años atrás. En repetidas ocasiones, me había asegurado que quería volver a Dios y a la iglesia, y que no quería pasar a la eternidad sin la salvación.
Yo, un pastor joven, pastoreaba mi primera iglesia. Había llegado a conocer a esta mujer a través de una serie de circunstancias interesantes. El asunto empezó un día cuando visitaba una cárcel. Allí, un joven me dijo que cuando saliera, iría a visitar a mi iglesia y llevaría consigo a un amigo. Fiel a su palabra, el hombre llegó un domingo por la mañana y venía acompañado de su amigo que resultó ser mi vecino. Su amigo, es decir mi vecino, regresó aquel domingo para el culto de la noche. Al final del culto, mi vecino pasó al frente, se Arrepintió de sus pecados y entregó su vida a Dios.
Algún tiempo después, mi vecino me contó que tenía una tía con dos hijos los cuales él quería traer a la iglesia. La verdad es que tuvo éxito en traer a los hijos, pero no a la tía.
Al poco tiempo la hija de 16 años y el hijo de 12 estaban asistiendo a la iglesia regularmente y mostraban interés en servir al Señor.
Yo empecé a visitar el hogar de esta familia con frecuencia, siempre animando a la madre a que asistiera a la iglesia con sus hijos y que los guiara en la nueva vida.
Pero su historia era siempre la misma: “Pastor, entiendo bien lo que me está diciendo. Yo misma no quiero pasar a la eternidad sin Dios.”
Yo le advertía que sus hijos estaban en una etapa de la vida de muchos peligros y que podría ayudarlos mejor si ella misma les fuera un buen ejemplo. Recuerdo haberle dicho que existía una gran probabilidad de que sus hijos perdieran el interés en la vida cristiana si ella misma no mostraba interés.
Pero, si bien mis visitas eran bienvenidas, mi consejo no se tomó.
Unos dos años después, otra vez me encontraba en la casa de aquella señora. Las cosas habían cambiado.
Sus hijos habían perdido el interés y con el tiempo habían dejado de asistir a la iglesia y empezaron a ir tras otras cosas. La madre empezó a contarme que su hijo, ahora de 14 años, llegaba a la casa tarde en la noche y borracho. Ella se sentía molesta y preocupada por su comportamiento.
Me contó que su hija, ahora de 18 años, había tenido un bebé sin importarle que no estaba casada. La madre también me dijo que ahora ella misma tenía problemas con el corazón y que recordaba la Advertencia que yo le había hecho hacía algunos años. Una vez más le rogué que volviera al Señor y que pusiera su casa en orden espiritualmente. Quizás no fuera demasiado tarde. Ella me escuchó y me agradeció por mi preocupación, pero no hizo nada. Ese día salí de su casa sintiendo pesar e impotencia.
No pasó mucho tiempo hasta que mis sentimientos se confirmaron. Al regresar de una visita por la zona oriental del país, mi esposa y yo entramos en la casa, tomamos el periódico local y leímos la historia. La hija de 18 años había llegado con su bebé a visitar a su madre. El bebé, que ya empezaba a caminar, estaba inquieto e irritado.
La hija se enojó y lo empujó contra una mesa y le lastimó la cabeza. Al ver al niño muy grave llamaron al personal de emergencias quienes consideraron el asunto un caso de abuso y llamaron a la policía. Llevaron al bebé en una ambulancia y más tarde los médicos declararon que su cerebro estaba muerto. La hija fue arrestada y encarcelada. La madre, que presenciaba todo esto, sufrió un ataque cardíaco y cayó muerta al instante.
Yo quedé desconcertado y dolido por lo que estaba leyendo.
Ahora, más de doce años después, todavía me siento desconcertado y dolido, y estas palabras llegan a mi mente: “Nunca debes vacilar, es peligroso demorar; nunca digas mañana cuando Dios te llama”.
Publicado en Revista “La Antorcha de la verdad”, Edición Noviembre-Diciembre 2002, Volumen 16, página 1,7,8. Usado con los permisos correspondientes.
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