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jueves 22 de octubre de 2009

DISPUESTOS A SER MÁRTIRES EN EL LIDERAZGO CELULAR.

DISPUESTOS A SER MÁRTIRES EN EL LIDERAZGO CELULAR.

Henry Preza.

La célula estaba constituida de cinco hermanos, el líder llamado Juan González, su esposa Maritza, su hijo José de cinco años, la madre del líder, llamada Liliana y el anfitrión y su esposa, la familia Martínez.

Juan González era un líder de células, siempre fue un líder atrevido a todo por la causa de Cristo. Él decía que Cristo Jesús era la solución para los problemas de los hombres. Su vida convenció al pastor que él sería el mejor líder para la zona más conflictiva que tenía a cargo, una zona llena de pandillas y delincuentes.

Juan González no mostró ni un ápice de temor para tomar esa reunión; él vivía apenas a unos doscientos metros de la colonia, en una zona residencial, llena de vigilancia y con muros alrededor; él era contador de profesión y su esposa era doctora. Su hijo José acababa de cumplir cinco años.

Durante toda la semana él se dedicó, junto a su esposa y demás hermanos, a tener contacto con los vecinos por lo menos media hora cada día.

Maritza evangelizó a una señora de unos cuarenta años, aunque parecía de unos 60 años, pues, sus arrugas en la cara y su forma de mirar reflejaban que era víctima del dolor y la angustia. Pronto, Maritza logró llevarla a la célula. El nombre de ésta señora era Roselia. Por su parte, Juan logró llevar a un grupo de niños y una pareja de jóvenes a la reunión.

El secreto de Roselia era que sus hijos eran todos pandilleros y personas muy temidas en la colonia. A algunos de ellos Juan los evangelizaba constantemente y les hablaba de Cristo. No obstante, ellos se mostraban indiferentes y tenían un odio, y envidia muy marcado contra Juan.

Juan los visitaba, oraba por ellos y hasta ayudó a uno de ellos cuando fue herido en un enfrentamiento. Sin embargo, todo esto no causó ninguna conmoción en ellos.

Los pandilleros comenzaron a notar todo lo que Juan hacía, tomaron nota de donde vivía, su trabajo, hicieron cálculos y llegaron a la conclusión que las comodidades de Juan podían ser aprovechadas por ellos. Lo comenzaron a controlar en sus días de pago, aprendieron cuando él no andaba en su vehiculo que era los sábados y domingos, y lo controlaron en sus visitas a hermanos. Comenzaron a mostrarle amistad e interés por Cristo, pero, lo hacían nada más para conocer más su vida y concretar algún plan malvado.

Cierto día, Juan venía sólo de la iglesia en su vehiculo cuando los hijos de Roselia lo detuvieron y le dijeron que necesitaban ir a visitar a un amigo que urgía de las oraciones de Juan. Cuando iban de camino uno de los hijos de Roselia sacó un arma y le dijo a Juan que querían asaltar una tienda y que él tendría que esperarlos en el carro mientras ellos asaltaban.

Juan se resistió y les explicó que él como cristiano no podía participar de un asalto y se rehusó a seguir manejando. Los pandilleros comenzaron a amenazarlo y a obligarlo. Finalmente, Juan les dijo que se llevaran el vehiculo, que a él no le interesaba que se lo quitaran y que lo dejaran bajar, y no habría ningún problema para ellos.

Juan se bajó del vehiculo y comenzó a caminar hacia su casa. Los pandilleros dieron la vuelta y le dieron ocho disparos que le causaron una muerte instantánea. El vehiculo apareció quemado en un barranco dos semanas después y nadie tenía ninguna pista de quien sería el asesino o los asesinos.

Mientras tanto el dolor invadió a los hermanos de la iglesia. Todos comenzaron a orar por la familia doliente y la célula estaba de luto. No obstante, apenas una semana después la célula seguía viva y la esposa de Juan era hoy la líder de célula. En medio del dolor siguieron sirviendo a Dios, invitando a los pandilleros, invitando a Roselia y predicando el evangelio. La célula seguía tratando con el amor de Dios a sus vecinos ignorando que evangelizaban a los asesinos del líder de su célula. Hasta ese momento nadie sabía que él era un mártir, ni sabían las condiciones de su muerte.

Mientras los días pasaban el remordimiento crecía en los hijos de Roselia hasta que no pusieron resistir y le contaron lo que había sucedido. El remordimiento de haber matado ha aquél que los había tratado como hijos, los convenció, que tenían que decirle a su madre lo acontecido.

Ese mismo sábado por primera vez asistieron todos juntos a la célula familiar. Cuando la reunión había terminado y los demás invitados se habían ido les pidieron a todos los hermanos que se quedaran, pues, necesitaban decir algo.

Roselia hizo el relato de todo lo sucedido y terminó, lágrimas corrían en sus ojos y en todos los presentes. En ese momento Roselia sintió que todos descargarían su odio sobre ellos y que ellos irían a la cárcel, pero, por su remordimiento estaban dispuestos a hacerlo.

Cuando el relato había terminado Maritza les dijo:

-Ustedes le hicieron mucho mal a mi familia, mataron a mi esposo y padre de nuestro único hijo, hicieron la maldad y merecen castigo. Sin embargo, eso sería menospreciar la sangre de mi esposo que murió deseando que ustedes tuvieran la vida. Yo les perdonó y espero que lo que me han contado se lo digan a Dios y le pidan perdón a él, pues, mi esposo se fue, pero, no para siempre, pero, si ustedes no nacen de nuevo ¿Qué será de ustedes?

Esa misma noche Roselia y sus hijos se encontraban de rodillas suplicando perdón a Dios por sus pecados, conmovidos por el poder del perdón y el ejemplo de Cristo reflejado en esos creyentes. Años después Roselia vería a sus hijos predicando la Palabra de Dios como líderes de células. Aquel líder fallecido había sido una semilla que murió para dar origen a muchos frutos. ¡Gloria Dios!

¿Estaremos dispuestos a ser líderes que testifiquemos de Cristo estando dispuestos a llevar el mensaje y el ejemplo hasta las últimas consecuencias?

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