Publicidad

lunes 19 de octubre de 2009

EL PERDÓN VERDADERO.

EL PERDÓN VERDADERO.

Denver Yoder

Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas” (Mateo 6:14-15).
El hombre tiene grandes ambiciones materiales. Esto lo lleva a esforzarse por superar en sus empresas, y en el comercio y la competencia que hay en el mundo de hoy. Sin embargo, la mayoría no hace ningún esfuerzo por entender las verdades más sencillas de la Biblia. Escudriñemos las Escrituras con corazón sincero para evaluar este tema del perdón. Es un tema de mucha importancia; tiene el poder de determinar nuestro destino final.
“Mas si no perdonáis... tampoco vuestro Padre os perdonará...”
(Mateo 6:15).

¿A quién debemos perdonar?

Debemos perdonar a todo aquel que nos pide perdón. También debemos perdonar a aquellos que nunca lo piden. No podemos ni debemos guardar rencor. Es más fácil perdonar a la persona que llega arrepentida, rogando que le perdonemos, sobre todo si se trata de un amigo. Pero, ¿qué de aquellos que nos han hecho mal y nunca nos piden perdón? Quizá nos hayan despojado de lo nuestro y aun se jactan de lo que han hecho. ¿Es necesario perdonar en tal caso? ¡Sí, lo es! Lea Santiago 5:9. Es necesario perdonar tanto al vecino que nos roba algo como al que nos demanda injustamente ante la ley.
Sin duda, la lucha mayor consiste muchas veces en perdonar a nuestros propios hermanos en la iglesia. Pero el verdadero perdón cristiano perdona a todos y en toda circunstancia. “De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros” (Colosenses 3:13). ¿Por qué es necesario perdonar? Porque Jesús lo manda. “Mas si no perdonáis... tampoco vuestro Padre os perdonará...”
(Mateo 6:15). Es muy claro que el perdón es condicional. Si no perdonamos a otros, jamás podemos esperar que Dios nos perdone a nosotros. ¿Qué hacemos, pues?
¿Con un suspiro y un gemido perdonaremos por temor al juicio de Dios? Si es así, Dios es nuestro Juez y no nuestro Salvador.

¿Cómo, pues, debemos perdonar?

Jesús nos dio el ejemplo perfecto cuando él le dijo a los que le crucificaron: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” Lucas 23:34). Tenemos que perdonar de corazón, sin condiciones. Y debemos sentir el amor de Jesús en nuestro corazón al hacerlo. “...No os quejéis...he aquí, el juez está delante de la puerta” (Santiago 5:9). Debemos perdonar, como si Dios tuviera su mano sobre la puerta, listo para llamarnos a la eternidad en cualquier momento. Si supiéramos que nuestro fin está tan cerca, ¿sería tan difícil perdonar? ¡De ninguna manera! ¿Por qué, pues, luchamos tanto con perdonar de corazón?

Debemos perdonar y olvidar.

Es necesario perdonar y no volver a sacar en cara la ofensa (1 Juan 1:9; Salmo 103:12; Isaías 43:25). Si nos arrepentimos de corazón, Dios nos perdona nuestros pecados (1 Juan 1:9). Dios no los vuelve a recordar. ¿Podemos nosotros hacer menos con nuestros hermanos? Cuando un hermano se arrepiente, cometemos un grave error si al tiempo volvemos a sacar en cara su pecado. Si volvemos a sacar pecados perdonados, traemos la ira de Dios sobre nosotros. Una vez confesado y arreglado el pecado, Dios lo cubre con la sangre de Jesús. Podemos tratar únicamente con pecados que aún no han sido arreglados. Dios no lleva un registro del pecado que ha sido arreglado. Y aunque nosotros como humanos estemos tentados de hacerlo, como hijos de Dios, jamás debemos hacerlo.
Pensemos en la vida de Jesús, nuestro ejemplo perfecto. Él fue acusado de muchos males. Pero, ¿cómo reaccionó? ¿Les devolvió el golpe, acusándoles de los pecados de ellos? No, sino todo lo contrario. Su único deseo fue el de perdonar. ¡Gloria a Dios! ¿Será posible perdonar y seguir manteniendo viva la ofensa? ¿Cómo podemos decir: “Hermano, yo lo perdono”, y seguir manteniendo su ofensa contra él? ¿Se nos hace fácil recordar las ofensas pasadas de otros? Cuánto mejor sería invertir nuestros esfuerzos en animar a los desalentados.

¿Cuándo debemos perdonar?

Debemos perdonar las veces que se nos pida “...hasta setenta veces siete” (Mateo 18:21-22). Las Escrituras nos enseñan: “Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento” (Mateo 3:8) y: “Por sus frutos los conoceréis...” (Mateo 7:16). Sin embargo, es posible afanarnos por discernir si el hermano es sincero en su arrepentimiento de tal modo que perdamos el sentido verdadero del perdón. ¿A qué somos llamados? ¿A criticar y buscar faltas en otros? Léase Santiago 3:17-18. ¿Se nos ha olvidado que somos llamados a perdonar? Dejemos que Dios se encargue de obrar en la vida del hermano para hacer frutos dignos de arrepentimiento. Padres, pastores, iglesias, somos responsables de ayudar a nuestros hermanos, pero tengamos cuidado de no estorbar la obra que Dios quiere hacer en ellos. El hombre no puede mirar el corazón como lo mira Dios. A veces es necesario que la iglesia fije un tiempo de prueba para un hermano con el fin de comprobar su sinceridad.
Sin embargo, tanto la iglesia como cada hermano en particular debe mantener una actitud de restauración.

¿Qué debemos perdonar?

Veamos el ejemplo de Jesús. Jesús, el unigénito hijo de Dios, nacido de una virgen, fue acusado de ser hijo de una ramera (Juan 8:41). Fue acusado de mentiroso (Juan 8:13), de tener un demonio (Juan 8:48), y de blasfemia (Marcos 14:62-64). Pero, ¿qué perdonó Jesús? ¡Él lo perdonó todo! Con amor dijo: “Padre, perdónalos...” (Lucas 23:34).
¡Qué palabras tan bondadosas a un pueblo tan malagradecido y homicida! Verdaderamente nunca se ha escuchado palabras semejantes. Nosotros, seguidores de Dios, hijos comprados con la sangre de Jesús, jamás podremos atrevernos a hacer menos que eso. ¡Que Dios nos llene de su gracia para mantener siempre tal actitud! “Hermanos, no os quejéis unos contra otros, para que no seáis condenados; he aquí, el JUEZ está delante de la puerta”
(Santiago 5:9). Cuando el Juez abra, la puerta a la eternidad, ¿hallará en lo oculto de nuestro corazón, alguna actitud de rencor contra otro? Dios nos guarde de tal error.

Publicado en Revista “La Antorcha de la verdad”, Edición Mayo-Junio 2001, Volumen 15, página 5-8. Usado con los permisos correspondientes

Puedes buscar lo que necesitas con el motor de google para nuestros sitios

Búsqueda personalizada