LA CRUZ REPONE EL ÁGUILA
Eugenio Heisey
L a iglesia del Nuevo Testamento comenzó en el día de Pentecostés (Hechos 2). Allá en la ciudad de Jerusalén, 120 personas fueron bautizadas por el Espíritu
Santo en un aposento alto. Ellos formaron la primera congregación cristiana en el mundo.
Llenos de gozo y ungidos por el Espíritu Santo, anunciaron el Evangelio de
Cristo al mundo. Gozaron de un amor entre la hermandad que los motivó a comprometerse el uno al otro en un pacto de ayuda mutua, tanto en lo espiritual como en lo material. El lema de ellos era:
“Lo que yo tengo es tuyo si tú lo necesitas”. La bendición de Dios reposaba sobre esta pequeña iglesia apostólica.
Pero había una “águila” que también observaba a la iglesia. El águila era el signo político del Imperio Romano, el poder mundial en aquella época. Su rey era César, no era Cristo. Sus ciudadanos eran obligados a rendir lealtad al Imperio Romano, a su religión, a su ejército, y a su cultura. Pero estos nuevos cristianos no podían servir a dos señores.
Ellos dijeron: “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hechos 5:29). Los cristianos no ofrecieron incienso sobre los altares romanos.
No pelearon en las batallas del emperador ni participaron en la política del imperio. El águila romana no toleró que no participaron los cristianos en estas cosas. Así comenzó un tiempo de gran sufrimiento para los cristianos. Y con esto, la pequeña iglesia primitiva llegó a ser la iglesia peregrina (dado a vivir o viajar en un país extranjero) y a la vez, perseguida.
La historia de la persecución de esa, época es un drama que parte el corazón de los más fuertes. Una esclava cristiana que se llamaba Blandina, dijo después de un día entero de torturas: “Soy cristiana. Entre nosotros no se hace ningún mal”. Los cristianos fueron echados a los leones en los grandes estadios del imperio. La arena se enrojeció con la sangre de los creyentes. Pero la fe cristiana sobrevivió en las cuevas bajo la ciudad de Roma. En esas cuevas, llamadas catacumbas, los cristianos primitivos se reunían para partir el pan y celebrar su fe en Cristo Jesús. Pero después de muchos años, llegó el día en que todo esto cambió drásticamente. ¿Qué sucedió? En el año 312, el Imperio Romano fue dividido entre el occidente y el oriente. Constantino, el emperador del occidente, quería gobernar sobre todo el imperio. El día antes de la batalla contra Majencio y su guardia pretoriana, Constantino vio en el cielo occidental una señal, una cruz sobre el sol. En la cruz vio estas letras:
“Hoc Signo Vinces” (en este signo vencerás). Al siguiente día la batalla fue feroz, y el ejército de Majencio con sus famosos soldados fue vencido. Con eso, Constantino tenía el poder sobre todo el imperio. Después de la victoria, él exigió el bautismo a todos sus soldados y proclamó el “cristianismo” como la religión nueva de todo el territorio del Imperio Romano. Esto sucedió en el año 313. Con este cambio, la cruz tomó el lugar del águila como el signo del imperio. Pero algo serio iba sucediendo con la pureza y el poder de la fe cristiana. En el año 380, el emperador Teodosio hizo el cristianismo la religión oficial de Roma. De este día en adelante, el estado y la iglesia se unieron.
Una iglesia territorial
Imaginemos la magnitud de todo el territorio del Imperio Romano. Desde la India hasta Inglaterra y desde África hasta Armenia extendía su señorío. Y porque la “iglesia” de aquel tiempo era la católica, todos eran romanos y todos eran
“cristianos católicos”. Es decir, cuando nació un bebé dentro de ese territorio y el sacerdote lo bautizaba, ya era un “cristiano”. Un romano más y un católico más.
Cuanto más territorio conquistaba el ejército romano, tanto más “cristianos” había. Con sólo el sacramento del bautismo se podía hacer “cristianos” a toda la población. Por lo tanto, todo el Imperio Romano ya era “cristiano”.
Esto es lo que llamamos una iglesia territorial. Pero, ¿qué de los que no aceptaron ese sistema que decía que todos dentro del territorio romano eran cristianos? Para ellos la persecución siguió. Ellos bien sabían que no se puede ser hijo de Dios sin negarse a sí mismo, sin llevar su cruz en santidad, y sin vivir como Cristo vivió. Sabían que el cristiano no puede ser soldado, ni magistrado, ni actor de teatro. El cristiano no miente, no mata, no fornica, ni roba. El cristiano es puro, humilde, apartado del mal, distinto al mundo porque él es peregrino en esta tierra y parte de otro mundo. La iglesia territorial era todo lo contrario; todos eran “cristianos”.
¿Vivían ellos una vida santa? No, pero decían que la “iglesia santa” los purificaba. ¿Amaron a Dios con todo el corazón? No, pero recibieron el sacramento y así decían que recibían la “gracia” de Dios. ¿Se apartaron del mundo y de sus obras perversas para seguir a Jesús? No, pero fueron bautizados a los ocho días de edad, y por lo tanto la “fe” de la iglesia llegaba a ser la fe de ellos. Así lo que había sido la iglesia de Jesucristo llegó a ser una iglesia caída… una iglesia apóstata.
Lo que acabamos de describir es lo que compone la religión de una iglesia territorial. Supongamos que en el país de Costa Rica se levante un dictador religioso. Además, supongamos que él sea luterano y que él anuncie que el luteranismo será la religión oficial de todo el país.
En dicho caso todos los que viven en Costa Rica, todos los que nacen en este país, y todos los que vienen a vivir en este país serían luteranos. En tal caso, diríamos que Costa Rica tiene una iglesia territorial o estatal, y todo el territorio desde el Caribe hasta el Pacífico sería luterano. Eso es precisamente lo que ha sucedido a través de la historia en muchas partes del mundo. Pero, ¿puede tal iglesia ser una iglesia verdaderamente cristiana?
El sueño de Martín Lucero
En los primeros años del siglo 15, un monje de Wittenburgo, Alemania que se llamaba Martín Lutero, nació y vivió dentro del sistema de una iglesia territorial, en ese caso, la Iglesia Católica. Lutero sabía que la mayoría de la población no vivía como el ejemplo que Cristo dejó.
Nunca habían “nacido” por el Espíritu de Dios; no habían dejado todo para seguir a Jesús. Andaban lejos de una obediencia a la Palabra de Dios, la Santa Biblia y no habían “crucificado la carne con sus pasiones y deseos” (Gálatas 5:24). Lutero bien sabía que, el agua con que el sacerdote formaba la señal de la cruz con su dedo en la frente de un infante, jamás podía hacerlo “cristiano”. Él entendió que ser cristiano no consistía en ser residente de cierto territorio, o ser ciudadano de cierto país. En su corazón él deseaba ver una iglesia viva, pura, obediente, y piadosa. A menudo Lutero, al hablar de la iglesia territorial, usó el término “la gentuza” en vez de la palabra “iglesia”, haciendo así hincapié de algo vulgar y vil. Confesó que la condición de la gente era “lamentable”y él perdió la esperanza de que se mejorara. En el año 1522 Lutero dijo: “¿Podremos nosotros, que somos casi paganos, bajo el nombre “cristiano” todavía organizar una asamblea cristiana en la cual se practique la disciplina bíblica?” Él confesó que era necesaria hacer una separación de la iglesia con la muchedumbre indiferente. Pero se enfrentó con un problema. Aunque él quería ver tal asamblea de santos, una asamblea pura, lamentaba que no había tales personas para formar un grupo de tal índole. Y así, el sueño de Lutero murió. Bajo la protección y el apoyo del estado de Alemania, Lutero formó una nueva iglesia territorial, pero esta vez, una Iglesia Luterana en vez de una Iglesia Católica.
Pero Cristo sabe dónde encontrar la gente para formar una congregación santa que viva en medio de un mundo de religiosidad y carnalidad y a la vez separada del mismo.
Dichas congregaciones, pequeñas y muchas veces perseguidas, siempre han existido y han seguido hasta el día de hoy.
Un día, al encontrarme con una señora, le hice esta pregunta:
— ¿Tengo razón en pensar de que usted es católica?
—Sí —contestó ella.
—Permítame hacerle otra pregunta.
¿Es usted católica porque al estudiar la Biblia usted cree que ésta es la mejor expresión de la fe cristiana, o es católica porque nació en un hogar católico y en una comunidad católica?
—Yo nací católica —respondió ella—. No fue por mi propia decisión, ni siquiera porque yo lo hubiera pensado.
Así nací y así soy todavía. Para esa señora, su iglesia era una iglesia territorial… nada más. La región donde nació es católica, así que ella también es católica.
La pregunta para nosotros es: ¿Soy yo parte de una congregación bíblica? O, ¿soy yo sólo un miembro de la iglesia de la región donde vivo? Que Dios nos ayude a responder con sinceridad a estas preguntas.
Publicado en Revista “La Antorcha de la verdad”, Edición Mayo-Junio 2001, Volumen 15, página 9. Usado con los permisos correspondientes.
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Anderson Menger
http://andersonmenger.blogspot.com
Han pasado30 días ...
Muchos temas fueron muchas verdades en éste espacio. Pero, ¿qu...
Hace 1 día
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