NO ESPERE A QUE SEA DEMASIADO TARDE.
Ecos de Santidad.
Tomás Carlyle era un historiador escocés de fama mundial. Nació en el año 1795 y murió en el año 1881. Dejó muchas obras literarias famosas que hasta el día de hoy se leen y estudian mucho. Pero a pesar de su talento sobresaliente como escritor, era humano y como humano tenía sus equivocaciones.
Se casó con su secretaria, Juana Welsh, una señorita inteligente, atractiva, e hija de un médico rico, pero con ciertos problemas de carácter. Los esposos tenían sus riñas y malentendidos, pero a pesar de todo, se querían mucho.
Después de unos años de matrimonio, Juana se enfermó. Tomás estaba tan ocupado en su trabajo que durante mucho tiempo no le dio importancia a la enfermedad de su esposa y la dejó seguir su trabajo de costumbre. Ella padecía de un cáncer que se desarrolla lentamente, pero por fin se dio por vencida y cayó en cama. A pesar de que Tomás la quería mucho, por su trabajo arduo, raras veces halló tiempo para estar con ella.
Cuando Juana murió la llevaron a enterrar. El tiempo era muy malo. Llovió y se hizo mucho lodo. Después del entierro, Tomás regresó a la casa sintiendo gran pesar por la muerte de su esposa. Subió al dormitorio que ella había ocupado, se sentó en una silla junto a su cama, y se puso a pensar. Se acordaba que había pasado muy poco tiempo con ella y deseaba mucho tener la oportunidad de actuar diferente. Luego vio que sobre la mesa reposaba el diario de ella. Lo cogió y empezó a leer.
Mientras leía le sobrecogió una tristeza y un remordimiento sumamente grande. En una página leyó las siguientes palabras: “Ayer Tomás pasó una hora conmigo y por el gran amor que le tengo, me pareció que pasamos un rato en los mismos cielos”. Esto hizo que Tomás comprendiera aun más la gravedad de su error. Había estado tan ocupado en su trabajo que había dedicado poco tiempo a pensar en ella y a cuidarla.
Tomás le dio vuelta a la página y siguió leyendo. Las siguientes palabras le partieron el corazón de un solo: “He pasado el día entero deseando oír sus pasos en el corredor. Ya es muy tarde. Seguramente no vendrá a verme hoy.” Siguió leyendo y por fin cerró el libro y lo dejó caer. Salió corriendo de la casa, llorando. Sus amigos lo encontraron postrado sobre la sepultura con su rostro metido en el lodo. Sus ojos estaban enrojecidos de tanto llorar y repetía vez tras vez:
“Si tan sólo hubiera sabido. Si tan sólo hubiera sabido.” Pero ya era demasiado tarde. Ella se había ido. Después de la muerte de su esposa, Tomás hacía poco esfuerzo por escribir. Su biógrafo nos cuenta que vivió 15 años más, pero eran años de un hombre “cansado, aburrido, y solitario”. Cuento la historia esperando que quienes la lean no cometan el mismo error. Ciertamente nuestros amados necesitan del dinero que ganamos para vivir, pero es nuestro amor lo que ellos en realidad desean. Démoselo antes que sea tarde. “Y el Señor os haga crecer y abundar en amor unos para con otros y para con todos…”
(1 Tesalonicenses 3:12).
Publicado en Revista “La Antorcha de la verdad”, Edición Mayo-Junio 2001, Volumen 15, página 1,12,13. Usado con los permisos correspondientes. Tomado de: Ecos de Santidad
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