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domingo 4 de octubre de 2009

TU DIOS ES DEMASIADO CHICO

TU DIOS ES DEMASIADO CHICO

The Family Life

Las figuras sigilosas de once hombres avanzaban en fila a través de la oscuridad de la noche. No muy lejos se divisaba la pequeña colina del monte Gerizim. Su líder se detuvo junto a un bosquecito, indicándoles que habían llegado a su destino. Sin proferir palabra los hombres iniciaron su labor.
Primero derribaron los árboles y demolieron el altar de Baal. Luego, apresuradamente erigieron un altar al Dios verdadero. Finalmente, utilizando la madera que habían cortado recientemente, ofrecieron un sacrificio al Dios del cielo.
Una vez terminado su trabajo, Gedeón y sus diez siervos desaparecieron nuevamente en la oscuridad de la noche, tan silenciosos como habían llegado.
Al amanecer los hombres de la ciudad llegaron al bosquecito para rendir culto a Baal. Se detuvieron desconcertados ante la escena que revelaba la luz tenue de la aurora.
Su bello bosquecito había desaparecido y el altar estaba despedazado.
Los hombres miraron atónitos los troncos que saltaban del terreno alrededor y observaron el pequeño montón de ruinas desmoronadas. Y allí, como si fuera poco, sobre una roca había un altar a Jehová. El humo del sacrificio que había sido ofrecido todavía ascendía lentamente.
Irritados, los hombres se preguntaron entre sí:
—¿Quién habrá hecho esto?
—Gedeón, el hijo de Joás —dijo uno de ellos.
Los hombres airados y dispuestos a castigar tal delito, se dirigieron a la casa de Joás.
—Trae acá a tu hijo —le gritaron al padre de Gedeón—. Lo mataremos porque él derribó el altar de Baal y cortó la imagen de Asera.
—¿Qué es eso? —respondió, Joás, tratando de fingir el asombro—.
¿Dicen ustedes que vienen a defender a su dios? Si Baal es un dios, dejen que él se defienda a sí mismo.
La realidad de estas palabras sin duda golpearon a aquellos adoradores de Baal y les hizo recapacitar. A la verdad, si su dios pagano era más débil que ellos mismos, también sería demasiado pequeño para ser adorado. Se supone que un dios debe proteger a los que lo adoran; los adoradores no deben preocuparse por la seguridad de su dios. Los idólatras enojados se sintieron incómodos ante aquellas palabras y se esfumaron. Gedeón estuvo a salvo porque Baal era tan pequeño que no podía hacerle daño a nadie aparte de sus mismos servidores.
Pero desgraciadamente, eso no dio fin a la adoración de dioses chicos. Hasta hoy, la humanidad se ve plagada de lo mismo. De hecho, con el pasar de los años ha llegado a ser una de las principales religiones del mundo. Hoy en día, Baal tiene cientos de descendientes, todos dioses, y todos ellos demasiado pequeños. (Esta
historia se encuentra en Jueces 6.) Uno de los grandes generales de la historia pertenecía a esa religión de adoradores de dioses demasiado pequeños. A pesar de que él servía a algunos otros dioses más pequeños, su dios principal fue la
CONQUISTA. Era un dios glorioso, el único dios suficiente grande para la compulsiva ambición de Alejandro Magno.
En un avance implacable Alejandro dirigió a su ejército de batalla en batalla, conquistando una ciudad tras otra, un país tras otro, y un imperio tras otro. La conquista llegó a ser su vida. Alejandro comía, dormía, y respiraba con el solo propósito de conquistar.
Con su ejército, Alejandro subió montañas, y luchó abriéndose camino a través de cada kilómetro de los desolados desiertos hasta conquistar Siria, Persia, y Egipto.
Nada pudo detener a Alejandro hasta que hubiera conquistado el mundo. Para la edad de 33 años, él había logrado su meta al convertirse en el único gobernante
de todo el mundo de ese entonces.
Pero su dios, el dios de la CONQUISTA, no le dio la satisfacción que él buscaba. En vez de regocijarse, Alejandro Magno lloró amargamente porque ya no había más tierras que conquistar. Ese mismo año, su cuerpo desgastado por la dureza de sus muchas batallas, Alejandro Magno enfermó y murió, asesinado por el mismo dios que servía. Ni aun la pompa y la ceremonia del funeral, ni el ataúd de oro en el que fue sepultado pudieron ocultar el hecho de que el dios que había servido, por grande que fuera, había sido demasiado pequeño.
Un ejemplo más reciente de un dios demasiado pequeño es la historia del gran barco, el Titanic.
La noche del 14 de abril de 1912, cientos de personas a bordo de aquel gran barco apostaban sus vidas al dios de la SEGURIDAD. Se encontraban a bordo para disfrutar de un viaje placentero, relajado, y completamente confiados en la protección de su dios. Vez tras vez el capitán desechó las advertencias de peligro, pues creían que el Titanic era insumergible.
Aun después de que una masa gigantesca de hielo (un témpano) le perforó una abertura de unos noventa metros en el casco, los pasajeros continuaban despreocupados.
Continuaban ciegamente leales a su dios. Pero dos horas y media más tarde el barco “insumergible” quedó tambaleándose con un extremo hacia arriba para luego hundirse en el fondo del Océano Atlántico. Para 1.300 de los pasajeros del Titanic, aquello resultó en su fin. Su dios, la SEGURIDAD, había sido demasiado chico para salvarlos.
Sin embargo, la adoración de dioses demasiado pequeños continuó. El 20 de abril de 1899, nació un bebé en una posada de un pequeño pueblo austríaco cerca de la frontera con Alemania. En ese momento nadie hubiera podido imaginarse que aquel niñito creciera para llegar a ser uno de los más fuertes creyentes en el dios del ODIO. Adolfo Hitler, dictador de Alemania, expresó su credo en pocas palabras: “El amor es débil, y el odio es fuerte”. Con una devoción increíble a su dios del ODIO, Hitler instaló campos de concentración donde seis millones de judíos fueron brutalmente torturados y asesinados.
Nadie en toda Alemania se escapó del odio despiadado del dictador. Con la menor sospecha, Hitler ordenaba matar a alguno de sus amigos. A cientos de sus enemigos los hizo sufrir una muerte lenta y cruel y ordenaba filmar las ejecuciones para poder verlas después mientras él ardía de odio.
Pero el dios que por años fortaleció a Hitler tan poderosamente, al final lo defraudó. Su mente enloqueció por el odio. Había odiado por tanto tiempo que al fin él ya no confiaba en nadie. Se negó a escuchar las sugerencias aun de sus consejeros militares más preparados, y en su locura insistió en que sus órdenes fueran obedecidas sin importar los resultados. Y cuando la guerra se volvió en su contra, le fue imposible enfrentar el hecho de que el Ejército Aliado pudiera ser más fuerte que su odio. Ante un panorama de derrota, Hitler se desmoronó interiormente y a menudo se encontraba en un estado de locura. Se asustaba ante el menor ruido y sus brazos y piernas temblaban incontrolablemente.
Su muerte fue tan violenta como había sido su vida. Pero en vez de rendirse, Hitler se suicidó de un balazo convirtiéndose en una víctima de su propio dios: el
ODIO.
Jesús contó una historia de un hombre que adoraba a un dios demasiado chico; el dios de las RIQUEZAS. Seguramente el hombre había trabajado muy duro, pues había realizado una cosecha tan abundante que no sabía qué hacer con ella. Entonces derribó sus graneros y construyó otros más grandes. Con sus propias palabras reconoció cuál era su meta en la vida, el propósito por el cual vivía. “Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate.” Este hombre se dijo a sí mismo que no había nada de qué preocuparse; su dinero se encargaría de él por muchos años. Y posiblemente tenía razón, de no haber sido por un detalle que no tomó en cuenta. Su dios era demasiado chico. Esa misma noche él murió.
Una vez cierto propietario de una gran hacienda agrícola se enriqueció mucho. Un día notó que algunos de sus amigos parecían celosos debido a su vida aparentemente exitosa. “No me tengan envidia,” les dijo el hombre. “Lo único que el dinero me ha dado es un sueño inquieto con un arma debajo de mi almohada.”
¡Ah! pobre hombre. Él había hecho de las RIQUEZAS su dios. Ahora se daba cuenta de que tendría que proteger a su dios y su vida se volvió miserable. Tal vez ésta sea una de las mejores maneras para distinguir un dios demasiado chico. ¿Estamos poniendo nuestro corazón en algo que nos pudiera ser quitado? Si es ese el caso, pues tenemos un dios demasiado chico. Eso fue lo que tuvieron que hacer aquellos hombres en el tiempo de Gedeón.
Se vieron obligados a ver por el bienestar de Baal, el dios pagano. Es triste cuando las cosas están tan invertidas que el hombre tiene que proteger a su dios en lugar de que su dios lo proteja a él. Un dios que es demasiado pequeño para cuidarse a sí mismo es un objeto muy peligroso como para confiar nuestra vida en sus manos. Es fácil para nosotros ver el error de Alejandro, de los pasajeros del Titanic, y de Hitler. Pero ¿qué de nosotros mismos? ¿Habrá entre nosotros algún dios demasiado pequeño? No nos apresuremos a contestar con un no.
Algunos dioses podrían parecer muy inocentes, pero aun así, detrás de su disfraz siguen siendo dioses falsos. Cualquier cosa a la que le demos mayor importancia en nuestra vida, aquello en lo que más pensamos, eso llega a ser nuestro dios.
¿Qué tal del hombre que trabaja tanto durante toda la semana que después no le quedan ningunas fuerzas ni el deseo de asistir al culto el domingo? ¿No es cierto que en tal caso el TRABAJO se ha convertido en su dios? ¿Qué tal del ganadero que se preocupa más por la apariencia de su ganado que por el comportamiento de sus hijos? ¿No ha hecho de las POSESIONES su dios? ¿Qué tal de la señorita que se arregla el cabello, que pasa horas delante del espejo, y que se afana por lucir bien su ropa? ¿No es la VANIDAD su dios? ¿Qué tal del joven que decide seguir su propio camino, diciendo que sólo una vez será joven y que merece pasarla bien?
¿No está haciendo del PLACER su dios? ¿Qué tal de los muchachos y las señoritas que siempre están bromeando, molestando, o hablando de novios? ¿No es cierto que han hecho del NOVIAZGO su dios? ¿Qué tal de los jóvenes que se meten en cosas que saben que son malas, pero lo hacen sólo porque todo el mundo lo hace? ¿No es cierto que su dios ha llegado a ser la PRESIÓN DE
LA GENTE? ¿Qué tal de las personas que se emboban tras médicos, clínicas, especialistas, tratamientos, tónicos, y vitaminas?
¿No es cierto que su dios ha llegado a ser la SALUD? ¿Qué tal de los que muestran más entusiasmo por ganar dinero que por ayudar a su vecino? ¿No es cierto que su dios es el DINERO? ¿Qué tal de las personas que se vuelven tan egocéntricas que para ellas toda la vida gira alrededor de sí mismas? ¿No es cierto que el EGO ha llegado a ser su dios?
Los dioses demasiado pequeños que hay entre nosotros son tan numerosos que no podemos nombrarlos todos. No todos ellos aparentan ser tan diabólicos como los dioses de Alejandro e Hitler. Algunos de ellos, como la salud, las buenas obras, las esposas, los hijos, o el trabajo aun pueden ser buenos en sí. Pero cuando llegamos a poner en ellos nuestro corazón al punto de que llegan a ser la razón de nuestro vivir, entonces se han convertido en un dios. Y como cualquier otro dios, todos tienen una trágica característica en común: son demasiado pequeños. Al final nos serán quitados y nos sentiremos defraudados y amargados.
No sólo la historia, sino que la Biblia también nos enseña que cualquiera que fuera nuestro dios, ése nos será causa de fracaso.
Hace muchos siglos, Salomón, el hombre más sabio en todo el mundo, trató de encontrar la satisfacción sirviendo a los dioses de este mundo: el PLACER, el
VINO, el CONOCIMIENTO, la GRANDEZA, los EDIFICIOS MAJESTUOSOS, las MUJERES, la FAMA. Pero cada vez terminó diciendo las mismas palabras:
“Todo ello es vanidad y aflicción de espíritu”.
¿Queremos nosotros hoy aprender de las advertencias de la Biblia y de las generaciones pasadas y así evitar las trampas que quieren atrapar nuestro corazón? ¿O vamos a servir a los dioses como el EGO, el ESPOSO, la NOVIA, la FINCA, el APETITO, o nuestra REPUTACIÓN?
Si lo hacemos, al final sin duda descubriremos con un profundo remordimiento que nuestro dios era demasiado pequeño.
En conclusión veamos el ejemplo del Dios que no es demasiado chico, sino omnipotente, omnipresente, y omnisciente. Es la historia inolvidable de Policarpio, un obispo de la iglesia primitiva. El procónsul romano estaba resuelto a castigar a Policarpio.
—Si tú no te retractas de tu fe, yo mandaré a que quemen tu casa y confisquen todas tus pertenencias —amenazó el procónsul.
—Mi tesoro está en el cielo —le respondió Policarpio.
—Entonces te abandonaré en una isla donde estarás totalmente solo, lejos de tus amigos y seres queridos.
—Yo nunca estaré solo —respondió Policarpio—. Mi Dios, a que amo más que a mis amigos, siempre estará conmigo.
—Entonces te mataré —gruñó el procónsul—. ¿Qué dices a esto?
—Solamente llegaré más pronto al cielo donde están mis tesoros
—contestó Policarpio.

Publicado en Revista “La Antorcha de la verdad”, Edición Enero-Febrero 2002, Volumen 16, página 7. Usado con los permisos correspondientes.

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