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miércoles 4 de noviembre de 2009

EL CUERVO NEGRO

EL CUERVO NEGRO

Ecos de Santidad

Doña Elena era una viuda que vivía con sus cuatro hijos en una humilde casita en un pueblo de Holanda. El mayor de los niños, Hans, tenía ocho años. Una noche la viuda pobre no tenía nada para darle de comer a sus hijitos hambrientos. Se arrodilló, pues, y le pidió pan a Dios para sus niños. Doña Elena amaba a Dios y tenía confianza en que él los iba a socorrer en sus necesidades. Cuando terminó su oración, Hans le dijo: —Mamá, ¿verdad que la Biblia dice que Dios mandó a unos cuervos para que le llevaran pan a Elías cuando él tuvo hambre?
—Sí, es cierto —contestó la madre—. Pero eso sucedió hace muchos años, hijito.
—Ah, pero eso no importa, Mamá —dijo Hans—. Yo creo que todavía hoy Dios puede mandar cuervos. Voy a abrir la puerta para que puedan entrar. De un salto, Hans se acercó a la puerta, abriéndola de par en par. La luz de la salita iluminó la calle.
Después de un rato, el alcalde del pueblo pasó delante de la casa y mirando la puerta abierta, se detuvo. Miró dentro de la casa y le agradó ver todo tan limpio y ordenado, y a los cuatro niños muy contentos rodeando a su madre. Decidió entrar y acercándose a la viuda, la saludó:
—Con su permiso, señora. Buenas noches. Y dígame, ¿por qué han dejado la puerta abierta a estas horas de la noche?
Doña Elena se asustó un poco por la presencia del caballero tan bien vestido en su humilde casita. Se levantó rápidamente e hizo una reverencia delante del señor alcalde. Luego le quitó el gorro a Hans, y pasó su mano sobre su cabello desarreglado, diciendo:
—Lo hizo Hans, señor, para que los cuervos pudiesen entrar trayéndonos pan.
El alcalde vestía de un saco negro, pantalón negro, y sombrero negro. Todo era negro menos su camisa.
—¡Certísimo! —exclamó el alcalde con una sonrisa—.
Hans tiene razón. Aquí tienes el cuervo. Puedes ver que es muy grande. Ven conmigo, Hans. Voy a mostrarte dónde se encuentra el pan.
El alcalde llevó a Hans a su casa y mandó a su siervo a que pusiera dos panes y un jarrito de mantequilla en una canasta. Se lo entregó a Hans quien agradeciéndole, salió corriendo a la casa. Cuando sus hermanitos vieron el pan, brincaron de alegría. Después la madre le dio a cada uno un pedazo de pan con mantequilla. Todos comieron con gran gusto. Cuando habían terminado de comer, Hans abrió de nuevo la puerta y quitándose el gorro, miró hacia el cielo y dijo: “Muchas gracias, mi buen Señor”, y cerró la puerta.

Publicado en Revista “La Antorcha de la verdad”, Edición Julio-agosto 2002 Paginas 33 Volumen 16. Usado con los permisos correspondientes

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