EL SACRIFICIO
THE JONES READER.
Hace más de cien años, en una pequeña aldea del Japón, se vivió un gran alboroto. Sucedió por la tarde de un día muy importante de otoño. Era un día festivo. Las calles angostas estaban atestadas de gente que se reunía para la fiesta de la noche.
La aldea estaba a la orilla del mar. El bullicio alegre de la multitud se mezclaba con el sonido de las olas que se rompían suavemente contra la playa.
En una planicie, sobre una colina detrás de la aldea, un anciano observaba la muchedumbre alegre.
De repente, en medio de toda la diversión y las risas, se sintió la sacudida de un temblor.
Es una sensación extraña sentir que la tierra se mueve y ver que los edificios se sacuden y los árboles se mecen.
Pero la gente en esa aldea no se asustó. El Japón es un país de temblores,
y éste sólo era un pequeño temblor que no asustó a nadie. Los hombres que estaban en las calles apenas hicieron una pequeña pausa en su conversación mientras echaban un vistazo a su alrededor, y los alegres niños apenas interrumpieron sus juegos. La multitud continuó abarrotando las calles como si nada hubiera pasado y el anciano en la planicie sobre la colina podía oír sus voces alegres.
De repente, el anciano advirtió algo en la distancia. Al instante estaba de pie esforzándose para ver más allá. Con una mano temblorosa sobre los ojos se protegió del sol poniente, y contempló detenidamente el horizonte. El agua estaba oscura y se comportaba de manera extraña. Parecía estarse moviendo contra el viento.
El anciano observó que el mar se alejaba de la tierra. La gente del pueblo se extrañaba de ver que la marea bajaba de manera tan extraña. Todos se volvieron para observar desde la playa.
—¡Vean! —gritó un niño— el mar se está alejando.
Algunos niños emocionados recogieron algunas de las bellas conchas que quedaron descubiertas.
—¡Qué extraño! —decían otros mientras parecía que el mismo mar desaparecía. Llenos de asombro, continuaron observando.
Pero el anciano en la planicie sabía lo que estaba pasando. La realidad de lo que estaba por suceder lo hizo temblar. Pronto toda esa agua regresaría con violencia y con una tremenda fuerza. De alguna manera tenía que avisarle a la gente del pueblo. Pero, ¿cómo? Su voz era muy débil y ronca debido a su edad. Si intentaba gritar, nadie lo escucharía. Sus piernas ya no tenían firmeza como para bajar corriendo. Y por la sabiduría que le habían dado los años, sabía que no habría tiempo para bajar caminando hasta la aldea. Él conocía el peligro que se acercaba y su único pensamiento era advertirle a la gente.
—¡Tráiganme una antorcha!
¡Dense prisa! —les gritaba a sus siervos. En los campos detrás de él estaba toda su cosecha de arroz recogida en grandes montones, lista para llevarla a trillar. Sin detenerse a lamentar su pérdida, el anciano se apresuró con la antorcha encendida. En cuestión de segundos las llamas envolvieron los montones de arroz seco. El resplandor iluminó el cielo. El vigilante de la aldea vio las llamas que se elevaban y rápidamente agarró la cuerda que hacía sonar la gran campana del templo. Los aldeanos del pueblo vieron las llamas y escucharon el repicar de la campana.
—El arroz se está quemando —se corrió el grito por entre la
gente.
—Corramos —dijo alguien—, tal vez todavía podamos salvar algo del arroz.
La gente corrió de la playa y de aquel mar extraño y empezó a subir la colina rocosa y empinada.
Lo único que pensaban era salvar la cosecha del anciano.
—Vean para atrás —les dijo el anciano cuando la fila de gente se acercaba.
Uno por uno se volvieron para contemplar el mar que se perdía en el crepúsculo. Sobre el horizonte se divisaba una línea larga y apenas visible. La línea se iba ensanchando mientras los aldeanos observaban atentamente. La línea era el mar, levantándose como un gran muro y avanzando a gran velocidad hacia ellos. Era una ola gigantesca, un maremoto causado por el temblor.
En seguida se sintió un retumbo como el estallido de un trueno. La gran ola golpeó la costa con tan enorme peso que pareció estremecer las colinas.
Se vio un gran espumarajo blanco de masas de agua que chocaban unas contra otras.
Al instante, el mar como un monstruo blanco embestía el lugar donde estaban sus casas. Luego se retiró rugiendo para golpear la segunda vez, y otra vez, y otra vez.
Una vez más atacó la costa para después retirarse; y al fin, como si lo hiciera contra su voluntad, regresó a su lugar.
Arriba en la planicie todos miraban atónitos. De todas las casas de la aldea, solamente se distinguían dos techos de paja que se mecían sobre las olas. Entonces se escuchó la voz del anciano que decía con ternura:
—Ésa es la razón por la que le prendí fuego al arroz, para que ustedes salieran del pueblo.
Ya anochecía y el anciano que antes contaba con bastantes bienes, ahora se encontraba totalmente destituido de su fuente de ganancias.
Todas sus riquezas se habían quemado. Sin embargo, con su sacrificio salvó a cuatrocientas vidas.
Nota de la redacción:
Nos haría bien reflexionar en lo que Jesús sacrificó para salvarnos a nosotros. Jesús es Dios, y aun así, no se aferró a su derecho de quedarse en el cielo, sino que se despojó a sí mismo, y tomó forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres, y vino aquí a la tierra y murió por ti y por mí (Filipenses 2:5- 8). Dios nos dio todo, lo mejor que tenía, para salvarnos, no de la muerte física como el caso en esta historia, sino de la destrucción eterna. “¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” (Lucas 2:14).
Publicado en Revista “La Antorcha de la verdad”, Edición Noviembre-diciembre 2001, Volumen 15, página 1-10. Usado con los permisos correspondientes.
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Anderson Menger
http://andersonmenger.blogspot.com
Han pasado30 días ...
Muchos temas fueron muchas verdades en éste espacio. Pero, ¿qu...
Hace 1 día
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